Los candidatos de la derecha de Álvaro Uribe
fracasaron en las elecciones regionales del pasado domingo en Colombia. Esto significa que los colombianos le castigaron por corrupto, por aferrarse al poder y por sus relaciones aún existentes con paramilitares y narcotraficantes. En muchos casos, las mismas personas.

Pero una lectura más interesante es la que se hace al analizar el efecto de estos resultados en el actual presidente, Juan Manuel Santos. Por un lado, la derrota de los
uribistas es una victoria indirecta para el jefe del Gobierno, a quien el expresidente
declaró la guerra al no ver continuidad de sus políticas en el mandato.
Pero la victoria del ex guerrillero
Gustavo Petro -que logró la alcaldía de Bogotá con el 30% de votos-, hace ver que los ciudadanos quieren ir más allá en la solución al conflicto social que sufre el país desde hace 30 años. De momento, ni la ley de víctinas ni la restitución de tierras ha echo que la guerrilla se desmovilice ni que los paramilitares dejen de atacar a campesinos, sindicalistas o defensores de los Derechos Humanos.
Por eso, Santos parece que sólo ha necesitado 48 horas para reaccionar y dar un paso más en la
desuribización del país. El presidente anuncia la
eliminación del DAS, un departamento que espió de forma probada a jueces, abogados, periodistas y opositores políticos en el
caso de las Chuzadas. Lo que nadie recordará tras la alegría del anuncio es que este órgano dependía del Ministerio de Defensa, del que el actual presidente fue responsable entre 2006 y 2009.
A pesar de las sobradas muestras del declive político de Uribe, ningún analista politico se atreve a anunciar el final de este personaje. Moverá los hilos del partido y condicionará sus políticas, pero debe recordar que es el único ciudadano de Colombia que no puede presentarse por ley a las
póximas elecciones presidenciales.