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Publicoscopia

El asesinato de Chiara ha sido la gota que colmó el vaso para Latinoamérica. De México a Argentina un impulso social bajo la etiqueta #NiUnaMenos ha movilizado a miles de personas que no aguantan ni un minuto más de violencia machista. En países como Argentina, en 2014, una mujer era asesinada cada 30 minutos. Sólo por el hecho de ser mujer. Feminicidios se llaman. La última frontera de un sistema patriarcal que resta derechos, dignidad y hasta la vida de las mujeres. En el caso de Chiara Páez, una adolescente de 14 años, su verdugo fue su novio, de 16 años. Su cuerpo fue encontrado enterrado en el patio de su casa, presentando indicios de un intento de aborto sin asistencia médica. Muchos componentes de la violencia a la que están sometidas miles de mujeres en Latinoamérica.
Y en España ¿qué? Muchos insistirán en que no es comparable la situación de Ciudad Juárez con la de aquí. Y yo le digo más: no es comparable en toda Latinomérica. Mientras en el otro lado del charco han acuñado e introducirlo en sus legislaciones el término feminicidio – el único que incluye todas las manifestaciones de la violencia machista, ya sea de la mano de las relaciones sentimentales, familiares o de extraños- , en España hacemos una ley puntera sobre la Violencia de Género pero que deja fuera de su consideración muchos asesinatos de mujeres solo por el hecho de ser mujeres. Mientras en países latinoamericanos avanzan cada año en la defensa de las víctimas, en España seguimos mirando para otro lado cuando una mujer que ejerce la prostitución es asesinada por su ‘cliente’. Cuando aparece la explotación sexual en la trata de personas, cuando no consideramos víctima de la violencia machista a hijos, familiares o nuevas parejas de mujeres perseguidas por sus verdugos.
Y la muestra más evidente hoy de que no podemos comparar la situación en Latinoamérica con España a la hora de trata con el escalafón más evidente de la desigualdad de género es la manifestación #NiUnaMenos. Solo en mayo 6 mujeres fueron asesinadas en España por el hecho de ser mujeres. Dos en abril, ocho en marzo, seis en febrero, cinco en enero.
Y 104 víctimas de feminicidio el año pasado. Y con estas cifras ¿qué hacemos? ¿Llenamos las calles de ríos de gente gritando ‘basta ya’ como en Chile? ¿Volcamos las redes sociales de mensajes de condena en los que se pide a erradicación de esta lacra? ¿Se para el país para frenar esta matanza? No, justificamos o mantenemos un silencio cómplice frente a noticias donde ilustres personajes públicos son procesados e imputados por violencia machista. Como en el fútbol, donde hasta se justificó en un campo las agresiones del jugador Ruben Castro –para quien la fiscalía pide más de dos años de cárcel por cuatro delitos de maltrato y uno por amenazas a su exnovia- o no resulta un escándalo que un jugador que en su día representó a España en la selección,
Juanele, agreda a su expareja con un bate de béisbol según los testigos.
No, no nos podemos comparar. Normalizar la violencia sobre un colectivo nos hace cómplices. Ni la tradición –‘esto siempre pasó’-, ni reducir al entorno doméstico esta situación, nos eximen de nuestra responsabilidad. Si en lugares como Brasil, con unos índices de violencia muy altos, miles de personas levantan la voz para exigir que se paren los feminicidios, ¿qué estamos haciendo en España? A veces me da la sensación que estamos aletargados desde que en 2004 salió una ley buena. Buena, pero incompleta. Y sobre todo con una deficiencia alta en la prevención. Porque no queremos ni una mujer menos en nuestras sociedades, ni una víctima o superviviente más.
No es una lucha de las mujeres, lo es de toda la sociedad. Es una lucha feminista de nosotras y de vosotros por el derecho a vivir en paz, libre de violencia, libre de discriminación. Mujeres que luchan por estos derechos y hombres que renuncian a sus privilegios machistas. Una ‘guerra’ en la que solo hay dos bandos: o defiendes la igualdad o están en contra de ella. ¿Tan radical es defender los Derechos Humanos de más de la mitad de la población?