Hace no mucho uno de mis grandes placeres era tumbarme en el sofá, en silencio la casa y mirar por la ventana. Desde ese ángulo, el marco de la ventana enmarca el cielo, no se ve nada más. La sensación única de ver pasar las nubes. Nada más que eso. Dejar pasar el tiempo. Disfrutar viendo el tiempo pasando.
De golpe, me he dado cuenta que hace mucho que no me tiro en sofá para ver las nubes moverse. Me he dado cuenta esperando el autobús, cuando una inconsciente pero cotidiana ansia por 'hacer algo' me ha invadido. ¿Pero si no tengo nada urgente que hacer, por qué no ver pasar los coches sin más? Llevaba el móvil, con música, con internet y hasta un libro. Pero me he permitido 'perder' el tiempo.
Y no creo que lo haya perdido. Lo he invertido en descansar. Muchos no consideran que estén descansando si no es pagando por un spa, recibiendo un masaje o alguna otra cosa programada. Una actividad, relajarse únicamente haciendo algo. Entonces me pregunto, ¿realmente podemos estar sin hacer algo?
La realidad me fuerza a pensar que no. Otra cosa es hacer algo sin provecho, un derecho esencial que nos quitan desde pequeños. Deberes, actividades extraescolares, actos sociales. Hasta los juegos deben tener una finalidad básica: ser educativos, aprender inglés, mejorar su psicomotrocidad. Nos echan la bronca constantemente por 'perder' el tiempo. ¿Pero si lo que realmente lo que perdemos son oportunidades para reflexionar?
Los recuerdos más nítidos que tengo de mi infancia son de momento de ausencia de la sociedad, de pausa, de no hacer nada productivo. Recuerdo cada detalle de los azulejos que rodeaban la bañera, que se empañaban con el calor del agua del baño. Recuerdo cada rugosidad del techo de mi habitación, que tantas noches pasé mirando hasta que venían a apagarme la luz. Momento mágicos, sin nada encendido, sin distracciones más allá de nuestra propia mente. Momentos que se graban más profundo que cualquier otros.
La actividad, las prisas, el ansia por competir, por aprovechar cada segundo nos devora. Arrasa con la memoria, impide digerir las experiencias vividas, que se fijen como recuerdos. Nos dificulta sacar conclusiones, e incluso aprovecharla en vivencias futuras. Las prisas nos obligan a meterlas sin mirarlas más en el primer cajón del recuerdo que encontramos, como cuando no sabemos donde archivar ciertos papeles y los metemos en el primer sitio que vemos. Esos papeles que luego nunca recordamos donde los ponemos.